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Un gran aprendizaje: La enfermedad

Empecé a relacionarme conscientemente con la energía a los 17 años, cuando por circunstancias conocí a dos de mis guías. Con ellos aprendí a quererme, me ayudaron a curar mis heridas, pues tenía muchas. Hablábamos mucho, de la vida, de sentimientos, de vivencias, de las experiencias agradables y las dolorosas. Y así fui rehaciendo mi historia desde el amor y la ternura, y esto ocupó mi vida desde los diecisiete hasta los veintidós años.

 

Hasta los 28 años me preocupaba mucho mi futuro profesional, mi formación, leer libros de aquello que tenía inquietud, desarrollar mis afectos y sobre todo mi salud, pues me daba problemas. Mi cuerpo fallaba de forma generalizada, con dolor por todas partes, hasta el punto de no permitirme realizar las actividades cotidianas, trabajar,dormir….Hasta entonces había escuchado mi alma, pero no había escuchado mi cuerpo.¿Cómo es posible esto?  Había experimentado la energía en la intimidad de mi ser, pero no lo había puesto en práctica en la relación física con mi cuerpo aquí y con el mundo. Así que tuve que aprender de nuevo a escuchar y a sentir aquí la energía desde mi cuerpo y en mi cuerpo.

Llega un momento en nuestra VIDA que tenemos que aprender realmente a ser compañeros de nuestro cuerpo.

Nuestra relación con el cuerpo y con nosotros mismos suele pasar por distintas fases:

  1. El cuerpo es un envase que me sirve y lo utilizo, al principio, si se queja, lo ignoro. Soy capaz de ofrecer cuidado para todos los demás. Aunque para mí dejo las exigencias solamente.
  2. El conflicto es explícito. Cuando el cuerpo se queja mucho, me cabreo con él y lo obligo, no lo escucho ni le pregunto qué siente, qué le va bien o mal, qué quiere. De alguna forma tengo asumido que sus necesidades y deseos son contrarios a mí.
  3. El conflicto es una oportunidad de conocernos y entendernos. Podemos aprender a sentirnos o seguir pasando la vida de cabeza. ¿Cómo éramos antes de darnos cuenta de que estábamos enfermos?

¿Vivíamos tranquilamente, disfrutábamos de las cosas, teníamos tiempo para nosotras y nosotros, nos tratábamos con respeto y cuidado, atendíamos nuestras necesidades de afecto, alimentación, descanso, placer…?

  1. Siento desconfianza y frustración, yo no puedo con mi cuerpo.
  2. Empiezo a darme una oportunidad para cuidar mi cuerpo, pero le mando hacer aquello que creo que es adecuado desde mis exigencias o desde las de otras personas que no conocen mis circunstancias. Mi mente y mis sentimientos aún no los considero. Nuevamente no funciona.
  3. El cuerpo no funciona obligado, no le cuela “es por tu bien”. Empiezo a escuchar mi cuerpo, mis sentimientos, la lista de obligaciones mentales que tengo (esta lista me importa menos, porque me voy dando cuenta que ni estando 24 horas despierta, sana, estupenda se acabaría. Nos valoramos como personas en función de que seamos capaces de realizar todas las tareas de la lista)
  4. Voy descubriendo que dentro de mí tengo un lenguaje propio que no conocía, que lo que el cuerpo me pide no va en mi contra. Que escuchándolo, respetándolo, dejándole los descansos que necesita (ya no me importa si los merezco o no), aceptando, adaptando, puedo vivir bien. El dolor baja, la vida no es solo obligaciones, hay cosas para mí que me gustan, esas cosas no dependen de otras personas, sólo de mí. COMIENZO A SER COMPAÑERA DE MI CUERPO.

Ser compañero del cuerpo, aprender a convivir con él, es un aprendizaje. Tampoco es tan complicado como parece, porque realmente es algo que nuestra naturaleza está deseando hacer. Lo mismo que cuando éramos niños muy pequeños que estábamos en consonancia con nuestras necesidades (comer cuando necesitamos comer, jugar cuando necesitamos jugar, abrazar cuando necesitamos abrazar, expresar rabia cuando necesitamos expresar rabia…)

Pensamos que eso está muy bien para los niños, pero cuando somos adultos la vida es muy complicada: tenemos que ganar dinero, ser un profesional prestigioso de algo, tener una casa y un coche determinados, cuidar una familia, sacar la vida adelante… Tenemos tantas responsabilidades que cómo va a ser nuestra vida sencilla.

Al ver que la enfermedad se manifiesta y nos impide hacer todo lo que cualquier persona sana puede hacer, una de las primeras cosas que pasa por nuestra cabeza es pensar que no podremos trabajar, que estaremos mal remunerados y podemos sentir pánico. Eso se debe a que poco a poco vamos creando una espiral de todo lo malo que puede pasar a consecuencia de la enfermedad, anticipándonos y tomando medidas fundamentadas en el miedo a…

La enfermedad es la forma que tiene el cuerpo de decirte “¡para!, que estoy hablando contigo, eso que estás haciendo no nos va bien ni a ti ni a mí” Empezar a escuchar la enfermedad y a aprender de ella nos permite descubrir una forma diferente de hacer las cosas. Empiezas a fijarte no tanto en las cuestiones económicas y sí en esas necesidades sencillas o básicas, como en la niñez, y que son compatibles con la vida adulta. Entonces esta nueva vida se va volviendo sencilla, convives con tu cuerpo porque ES TU COMPAÑERO, y a un compañero se le escucha, se le respeta, se trabaja codo a codo con él. También es verdad que el compañerismo se aprende.

Con esta convivencia, te haces uno con él, que por otra parte es algo natural, y un reencuentro feliz y agradable.

 

¿CÓMO SE ES COMPAÑERO?

 

1º Escuchando

 Pero claro, escuchar nos duele. Porque no es cierto que no nos demos cuenta de qué cosas nos hacen daño. De muchas de ellas sí nos damos cuenta, pero a veces sencillamente no sabemos cómo cambiarlas, o no confiamos en la eficacia de ese cambio, ya que solemos pensar que será largo, tedioso y doloroso. No suele ocurrir de esta forma, ya que en poco tiempo aquellas acciones que llevemos a cabo van dando frutos y resultados que repercuten en una mejor calidad de vida, y poco a poco estas acciones van moviendo problemas, conductas más grandes o difíciles de cambiar. Escucharnos también nos duele porque nos han enseñado a asociar esa escucha con todas nuestras miserias, como si no hubiese suficientes cosas buenas y hermosas dentro de cada uno, y sólo tuviésemos defectos. Herida así nuestra capacidad de escucha, esta se ha desarrollado sólo para lo negativo, y en la previsión del miedo a aquello que nos puede hacer daño. Esto nos mantiene en un estado constante de alerta por temor.

 

¿Escuchando a quien?- AL CUERPO.

Escuchar al cuerpo. ¡Qué fácil, verdad!, y qué difícil al mismo tiempo.

Imagina que tu cuerpo, por un momento, se transforma en el cuerpo de una niña de 3 o 4 años, está sana, feliz y preciosa. ¿Cómo cuidarías de ella? ¿Qué le darías de comer? ¿Cuántas horas necesitaría dormir? ¿Qué obligaciones le pedirías? ¿Qué lenguaje emplearías con ella (la exigencia y la imposición, o la comunicación y la ternura)? ¿Jugarías tú con ella? ¿Cuántos abrazos y besos le darías? Quizás podríais pensar: “pero esa niña tiene un cuerpo sano, y el mío está enfermo”. Bien, trata a tu cuerpo enfermo con el respeto, la consideración, el amor y el cuidado con el que tratarías al cuerpo de esa niña. Si valoras lo que te gusta de tu cuerpo y lo fomentas, es como una planta a la que riegas, abonas y le permites crecer.

 

3º ¿Cómo lo escucho?

No necesitas una postura, ni un lugar ni un momento especial. Pero ten en cuenta que tu oído del cuerpo está atrofiado por la falta de uso y por toda la palabrería propia y ajena que le has inculcado a cada expresión de sus necesidades sin pararte realmente a escucharlas con comprensión, compañerismo y respeto. Es como un niño que un día hace una pregunta, y al que nadie le contesta, o le dicen que eso es una tontería. ¿Crees que a este niño le quedan ganas de preguntar algo? Te puede parecer que lo más importante para el niño es que le contestes, pero lo que realmente quiere es saber que tú aceptas que te haga preguntas, que estás dispuesto a escuchar lo que tiene que decir sin juzgarlo.

El aprendizaje de esta relación con el cuerpo lleva implícita la relación con el corazón, con la mente, también con la energía, comprendiendo como funciona en el cuerpo, en la naturaleza, en lo que nos rodea.
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