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Magia y potagia de los cuentos

Los seres humanos estamos hechos de sueños e historias. Sueños que nos ayudan a no perder el norte, que nos impulsan y nos ayudan a imaginar el futuro. Sueños que nos devuelven la alegría de la magia. Historias que nos ayudan a comprender el Universo y a nosotros mismos. Quizás los cuentos sean historias soñadas o quizás sean sueños historiados. Lo que, sin duda, buscan es recuperar la infancia y devolvernos nuestros sueños tengamos la edad que tengamos.

 

¿Y dónde está la magia de los cuentos? Nos preguntamos los adultos. ¿Por qué los más pequeños de casa quedan encantados y engatusados con la palabra contada al calor del hogar? ¿Qué tienen de maravilloso estos relatos?

Hay un crisol de razones que lo explican. Por ejemplo:

1)      Estimulan la creatividad y la imaginación.

2)       Nutren el alma y el corazón reforzando la inteligencia emocional y espiritual, trabajando con nuestros temores más profundos, nuestras emociones, pensamientos y sentimientos… reforzando valores como la empatía, perseverancia, tolerancia y fomentando la atención, observación, la capacidad crítica, la expresividad y la recreación de situaciones.

3)      “Resuelven” nuestros problemas existenciales, conformando diferentes soluciones.

4)      Mejora el vínculo emocional entre el narrador y los oyentes haciéndoles compartir unos momentos inolvidables.

5)      Mejoran la expresividad.

6)      Nos hacen conectar con nuestra parte irracional, intuitiva, imaginaria del hemisferio derecho donde nos introducimos en otra dimensión, donde nos sentimos parte del todo y nos adentramos en otro espacio y tiempo. Entramos, en fin, en aquella parte de nosotros mismos en la que nos sabemos seres ilimitados y libres. Donde nos sentimos vivos y conectados. Donde la sencillez, el disfrute y la sorpresa entran a jugar por la puerta delantera. Donde habitan las pasiones y el deseo y todo es posible. Donde la esperanza y la fe cantan en nuestros corazones.

7)      Forman nuestro carácter.

8)      Dan significado a nuestras vidas reforzando nuestra seguridad emocional y atendiendo a la necesidad de ser amado, aceptado en un grupo, sentirse respaldado y parte de algo, enfrentando los miedos a la soledad, la muerte y la oscuridad.

 

Por si esto fuera poco, la magia de los cuentos viene refrendada por los símbolos (como varitas mágicas, botas que nos permiten correr, alfombras que vuelan…) que se encuentran entre sus líneas haciéndonos ascender por encima de toda dificultad, creyendo sin lugar a duda en nuestro propio poder interno, aquel que es necesario para transformar la vida y que nos permite expresarnos sin miedo como realmente somos. Y todos estos símbolos se apoyan en un lenguaje peculiar conformado por fórmulas rituales de principio y fin (como “Erase una vez “y “colorín colorado”), repeticiones, estribillos, onomatopeyas… Y el sonido sagrado de una voz amorosa que vive el cuento a través de sus cambios de voz, ritmo y tono para susurrarnos historias antiguas y eternas.

Un cuento desliza pasiones, palabras y vivencias que vinculan nuestros sentimientos permitiéndonos sanar nuestras heridas al reconocernos en las penalidades y sufrimientos de los otros y sabernos hermanos de todos los seres.

Maduramos y crecemos con ellos en el AMOR que envuelve toda vida.

Yo aún guardo en mi corazón los que me contaba mi abuela a la hora de la cena, mezclando así comida y palabras. Convirtiendo así cada palabra en un auténtico banquete para mi espíritu ávido de respuestas.

¿Y tú, recuerdas cuentos? ¿Sigues enganchado a ellos? ¿Cuáles te gustaban, te emocionaban, te daban miedo? ¿Cuáles eran compartidos con la familia, los compañeros de colegio y cuáles leías en solitario, desnudando tu alma en cada línea, haciéndote como persona?

En todo esto, y mucho más, reside la magia del cuento porque magia es aquello que no podemos atrapar, que no podemos conocer ni acabar de aprehender. La palabra conlleva en sí misma el misterio ya que no pertenece al campo de la razón. La magia del cuento nos calienta el corazón así como en tiempos remotos nos calentaba el cuerpo ya que su escenario lo componía la tribu alrededor de la hoguera o la cocina de leña. Ahí se paraba el tiempo y niños y adultos escuchaban embelesados las historias. Ahí los niños se sentían parte del clan porque eran acogidos en él sin mayores problemas y la vida seguía un ritmo natural con tiempos marcados y conocidos donde la familia era tu protección, tu raíz potente y poderosa firmemente anclada en la tierra.

Los tiempos han cambiado y no estoy muy segura de que hayamos sabido combinar lo antiguo con lo nuevo sin perdernos. Vivimos encerrados en torres de cristal, sin contacto con la Naturaleza y, sin apenas contacto, con los seres humanos. Contactos de verdad, de los que hablan al corazón y nos enriquecen como personas. De esos que estimulan el SER y no el TENER. La consecuencia es que no tenemos raíces y eso a su vez, nos ha imposibilitado tener alas. Por eso estamos hambrientos de historias que nos enseñen quiénes somos, cómo somos y de dónde venimos. Por eso estamos hambrientos de sueños que nos doten de alas para “volar” como seres capaces de mejorarnos a nosotros mismos.

Quizás por eso precisemos los cuentos más que nunca. Pero, ojo, no nos excusemos en los niños. Los adultos necesitamos los cuentos mucho más que ellos porque nos permiten vislumbrar por una rendijita la magia que hemos perdido. ¿O no fue eso lo que sentisteis en parte al visionar “AVATAR”?

Sin duda, los cuentos modifican nuestras vidas… ¿Y ESO NO ES, EN DEFINITIVA, LO QUE HACE LA MAGIA? Comprobadlo por vosotros mismos.

Contad cuentos. No os perdáis la experiencia de sentar a vuestros hijos en vuestro regazo y contarles un cuento sintiendo el calor de su piel y el latido de su corazón junto al vuestro. Viendo sus caras emocionadas y sus ojos sin pestañear concentrados en cada palabra que sale de vuestros labios. ¿Hay algo mejor que eso?

Y hacedlo antes de que crezcan, antes de que quieran descubrir el mundo por sus propios medios y no os permitan acompañarlos en sus aventuras porque precisan su autonomía e independencia para ser personas.

Hacedlo sin que os importe repetir una misma historia una y otra vez a petición suya porque sólo así lograreis traspasar la línea y entender  la “gracia” que os conceden al haceros partícipes de su inocencia. Sólo así veréis el reino de los cielos y sabréis que ese es el modo de aprehender el mundo, de tranquilizar su propia psique y de comprender a nivel interno sus temores y cambios.

Y entonces, y sólo entonces, quedareis tocados por la varita y el polvo de estrellas y podréis viajar reencontrándoos a vosotros mismos en la sonrisa de los niños. Entonces y sólo entonces podréis penetrar en los mundos imaginarios que viven en las pompas nacaradas de jabón. Y sabréis que habréis vuelto a encontrar la poesía en vuestros corazones y la música en vuestras almas porque habréis recobrado a vuestro propio niño o niña interno.

Habréis recuperado el paraíso perdido de la infancia y renaceréis como el ave fénix de vuestros propios miedos a la vida a través del AMOR…

 

…Y NO HAY MAYOR “MAGIA POTAGIA” QUE ÉSTE…

 

Me despido deseándoos que tengáis la inmensa suerte de haber sido bendecidos, por lo menos, con un niño en vuestras vidas a quien poder contarle cuentos. Y como regalo os dejo una muestra de su poder y magia en forma de una historia que inventé para mi hija hace diez años, cuando la llevaba al colegio por la mañana.

 

¡¡¡FELIZ NARRACIÓN!!!:

“LA DANZA DE LAS ESTRELLAS”

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la Tierra estaba plagada de bosques por todas partes, existía un hermoso lugar llamado “El país de los sueños”. En él vivían todos los elfos y hadas del planeta y también algunos animales a los que les gustaban especialmente las historias mágicas y maravillosas. Allí precisamente vivía el Duende de las Estrellas. Un duende un poquillo despistado que era el encargado de vigilar si salían a pasear por las autopistas del cielo todas las estrellas y luceros. Así, cada noche salía con el equipo necesario al prado que había delante de su casa, se acostaba en la hierba y comenzaba su trabajo…

Claro, que como era tan despistado, todo esto que en principio parecía fácil, le llevaba varias entradas y salidas de su casa siempre en busca de algo que olvidaba: que si los anteojos de contar estrellas, que si la agenda donde marcaba el estado nocturno del cielo, que si su famoso lápiz de carpintero que nunca fallaba…

Después de todos estos preparativos minuciosos, se tendía con un suspiro (¡¡¡Aaah!!!) y comenzaba el recuento:

–          Una, dos, tres… ¡Oh! –se decía- allí estaba el Lucero Agorero, siempre refunfuñando. Y más allá, la Estrella de los Mares del Norte que solía mostrar sus mejores bufandas de colores irisados en las noches de invierno… y, ¡por todas las galaxias!, ¡si hoy se atrevió a salir la Estrella de los Besos de Colores!

 

Sí, el Duende de las Estrellas era el que mejor conocía a todas las estrellas del Universo. Sabía que algunas de ellas, a pesar de no ser mala gente, eran perezosas y había que llamarlas para que se dejaran ver. Sabía que había estrellas grandes y pequeñas, brillantes y más humildes y que su potencia y matiz dependía de su estado de ánimo y del humor que tuvieran. Así las estrellas amarillas, siempre estaban contentas. Las rojas, se enfadaban a menudo y las verdes, permanecían tranquilas pasara lo que pasara.

El duende también se sabía las formas y agrupaciones que las estrellas adoptaban. La del Águila, la del Delfín, la de Pegaso…

Una noche, el Duende de las Estrellas salió de su casa, atravesó la verja, se acostó en el prado y miró para el cielo. Y, ¡vaya una sorpresa!, ¡en el cielo no había ni una sola estrella!

El Duende de las Estrellas pensó: ¡qué raro! Y esperó, pero un instante después, las estrellas aún no habían salido.

–          ¿Se marcharían de juerga sin decírmelo? –se preguntó- ¡Qué poca seriedad!

 

El Duende de las Estrellas miró su reloj pensando que a lo mejor había ido a su cita cotidiana con mucho adelanto. Pero no. No era ese el caso. Observó de nuevo el cielo. ¡Allí no había ni una sola estrella! Entonces, el Duende de las Estrellas ya andaba profundamente preocupado, ¿qué estaría pasando?

El Duende salió corriendo a visitar al Elfo más sabio, el Mago Pitagorín. Al llegar, estaba casi sin aliento y apenas podía hablar y menos explicarse con claridad. Más mal que bien, pudo hacerle entender al Mago que las estrellas habían desparecido.

El Mago miró para él muy sorprendido y después se echó a reír tanto, tanto, tanto que acabó tirado en el suelo retorciéndose de risa y lo único que se le oía decir era:

–          Jijijijiji… ¡Ay Dios, ay Dios!… Jijijijiji.

 

Mientras el Duende de las Estrellas no salía de su asombro:

–          ¿Puedes decirme que es lo que te hace tanta gracia? –le preguntó un poco enfadado- Yo, la verdad, no consigo verla. ¿Qué pasa si no vuelven?, ¿qué voy a hacer si no puedo contar estrellas?

 

Poco a poco, Pitagorín se fue calmando y, aclarando la voz, respondió:

-Yo creo que deberías revisar tus lentes de contar estrellas… Eso o bien… -y volvió a reír de nuevo-… escuchar al Duende del Tiempo cuando da el parte meteorológico, porque, amigo mío, hoy tus estrellas están jugando al escondite.

– ¿Al escondite? –repitió asombrado el Duende de las Estrellas.

– Claro –repuso Pitagorín- . El cielo hoy está cubierto de nubes y por eso no las ves, tontorrón.

 

Y, según acabó de decir esto, por una de las esquinitas del cielo, comenzó a verse un puntito luminoso.

-¿Ves? –Dijo Pitagorín indicándoselo- Allí están… Y ahora, vete, vete y déjame dormir.

 

El Duende de las Estrellas se fue rumbo a su pardo canturreando feliz la canción de la Danza de las Estrellas, aquella que decía todas las noches:

 

“UNA ESTRELLA ES PARA MÍ

OTRA ESTRELLA PARA TI

Y CON TRES VOY YO BAILANDO

Y UNA PIERNA ADELANTANDO.

 

CON PASIÓN VAMOS DANZANDO

EN LA RUEDA AVANZANDO.

ES EL BAILE DE LAS ESTRELLAS

QUE CON CUATRO ESTÁ QUEDANDO.

 

¡UNA, DOS, TRES Y MIL

CON LAS ESTRELLAS QUIERO IR!

 

VEO ALLÁ LA QUINTA ESTRELLA

QUE CAMINA POR LA ARENA

Y A LAS OLAS VA BESANDO

CON SU RITMO ALOCADO.
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